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miércoles, 5 de junio de 2013

300

Hace tres años mi cuñado y yo nos compramos una cuba de acero inoxidable de 300 litros y empezamos a hacer vino. En estos tres años hemos aprendido mucho y ahora hemos aumentado la producción al comprar una cuba nueva de 1000 litros. La cosecha de este año ha sido bastante buena. Hemos producido dos vinos: un monovarietal de tempranillo y una mezcla de garnacha (80%) y tempranillo (20%). Hemos conseguido aromas a madera mediante la adición de chips de roble tostado, que añadimos al vino tras la fermentación alcohólica. Unos amigos que son diseñadores (Maria José y Amadeo, de La Clave Gráfica) nos han diseñado la etiqueta. El resultado lo podéis ver aquí. El vino se llama así: 300, en honor a nuestros comienzos en aquella cuba de 300 litros.


Y para terminar, una nota de cata elaborada por una amiga aficionada (más bien diría experta)... ¡gracias Carol!

Monovarietal de tempranillo: 


Vino joven, con tonos granates persistentes, lágrima en caída elegante y bien definida. Aromas primarios a madera tostada, secundarios a frutas rojas frescas (notas claras de frambuesa, grosella, fresa y algún toque de cereza). Perfil láctico proveniente de la fermentación bastante acentuado (toques de mantequilla y aromas a leche suaves). En boca redondo y suave al paladar. Terciarios no muy marcados y con 1-3 caudalías (relativamente normal en este tipo de vinos). Perfecto para acompañar ensaladas, quesos grasos (tipo camembert y similares), todo tipo de pescado, pollo, e incluso pato, conejo, codorniz/perdiz o similares.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Mayor riesgo de infección alimentaria por E. coli en ganado alimentado con grano

Aunque Escherichia coli es un organismo comensal que reside dentro del intestino del huésped, algunas cepas patógenas de E. coli pueden causar colitis hemorrágica en humanos. Una de las cepas más infecciosas de E. coli es la O157:H7. El ganado es un reservorio asintomático de esta cepa. Esto quiere decir que contiene la cepa, pero que ésta no produce síntomas de la enfermedad. Normalmente la cepa está presente en alrededor de un 30% del ganado y, en determinadas ocasiones, puede llegar a estar presente en hasta el 80% del del ganado.

 
Al ganado intensivo, ya sea en su aptitud productiva de carne o leche, se le alimenta frecuentemente con grano (cereales y leguminosas) con el objeto de aumentar la eficiencia alimentaria, ya que el grano contiene muchas más calorías que el pasto en forma de hidratos de carbono, fundamentalmente almidón. Cuando el ganado es alimentado con mucho grano, algo de almidón escapa a la degradación microbiana del rúmen y pasa al intestino, donde es fermentado. E. coli O157:H7 fermenta los azúcares que se liberan tras la ruptura del almidón en el colon. Esto implica que tiene alimento suficiente para reproducirse y aumentar sus poblaciones, por lo que aparece en mayores densidades en esta parte del aparato digestivo, lo que se traduce finalmente en una mayor presencia de esta cepa en las heces.

El ganado intensivo se hacina en pequeñas concentraciones parcelarias, dónde la acumulación deheces es alta. Como consecuencia de ello, se han producido intoxicaciones de E. coli O157:H7 en reses sacrificadas procedentes de dichas explotaciones. La contaminación se produce por el contacto exterior de los animales con las heces. Aunque en los mataderos hay sistemas de limpieza y desinfección, cuanto mayor sea la proporción de E. coli, mayor será el riesgo de fallo de estos sistemas y ésta acabará entrando en contacto con la carne procesada tras el sacrificio.

Otra forma de intoxicación se produce cuando se utilizan estas heces como abono, como ocurrió recientemente en la famosa crisis del pepino (aunque la cepa aquí era otra). En este caso la intoxicación se produce a través de alimentos de origen vegetal, aunque este tipo de intoxicaciones son más raras.

¿Qué se puede hacer? No es necesario hablar de sistemas alternativos a los sistemas de explotación ganaderos intensivos. Pero sin necesidad de movernos hacia posturas totalmente contrarias, una revisión no ya tan reciente (Callaway et al. 2003) demuestra que basta con que el ganado sea alimentado 5 días con pasto para que las poblaciones de E. coli en el colon disminuyan del orden de 1000 veces su densidad, y que la capacidad de las poblaciones de E. coli para sobrevivir a los ácidos gástricos del estómago humano descienda drásticamente.

Por supuesto que también es necesario aumentar los controles sanitarios en explotaciones intensivas para evitar este tipo de problemas.

ResearchBlogging.org
Callaway TR, Elder RO, Keen JE, Anderson RC, & Nisbet DJ (2003). Forage feeding to reduce preharvest Escherichia coli populations in cattle, a review. Journal of dairy science, 86 (3), 852-60 PMID: 12703622

miércoles, 26 de octubre de 2011

Slow food: un nuevo paradigma en la forma de alimentarse

Ayer estuve en una charla del fundador del movimiento Slow Food, Carlo Petrini, que me dió mucho que pensar. Slow Food es un movimiento que nace en 1989 en París, en oposición al Fast Food o comida rápida. Reivindica un nuevo concepto de gastronomía, más multidisciplinar, que considera los alimentos no sólo como algo lúdico o social, sino desde la perspectiva de la física, la química, la biología, la agronomía (cómo se producen los alimentos), la genética, la historia, la antropología, la cultura, la economía, etc.

Carlo Petrini, fundador del movimiento Slow Food, considerado por la revista Time como una de las 50 personas más influyentes del mundo.

En su charla, Carlo recalcó varias veces que tenemos un sistema alimentario "criminal" (dicho con sus propias palabras), pero también nos recordó que nosotros somos responsables directos de ello. Planteó nuestro papel no como consumidores pasivos, sino como co-productores, en dónde nuestro consumo influye directamente en los sistemas de producción y condiciona el tipo de agricultura. También enfatizó el hecho de que nos encontramos en una crisis entrópica, como consecuencia principalmente de que nos cuesta mucho más producir los alimentos que la energía derivada de los propios alimentos. Por ejemplo, producir un 1 kg de carne cuesta aproximadamente 5,000 lts de agua, además de una gran inversión energética como consecuencia de la dependencia en combustibles fósiles que tienen los actuales sistemas de producción: el grano para alimentar el ganado viene normalmente de otras partes del mundo, los fertilizantes necesarios para producir este grano también vienen de otros países, y todo este movimiento se traduce en consumo de combustibles fósiles (ver también esta otra entrada).

Los sistemas de producción de alimentos no son sostenibles en la actualidad por diversos motivos:

  1. Agotan la fertilidad del suelo.
  2. Agotan los recursos hídricos. Recordemos que el 72% del agua dulce en el mundo se destina a agricultura. Estos usos también condicionan la calidad del agua residual, que en muchas partes del mundo está contaminada.
  3. Producen pérdida de biodiversidad. La selección de variedades, razas y especies más productivas en agricultura y ganadería ha motivado la desaparición del 70% de éstas durante el último siglo.
  4. Promueven la desaparición del campesinado, lo que implica en muchas ocasiones una pérdida cultural de gran importancia.

Los defensores de los sistemas de producción de alimentos que tenemos en la actualidad arguyen que no es posible mantener alimentada a la población mundial bajo otros esquemas productivos no intensivos. Sin embargo, los datos que arroja la FAO a este respecto son muy claros:
  • A nivel mundial se producen alimentos para alimentar a 12 mil millones de personas.
  • Hay actualmente cerca de 7 mil millones de personas en nuestro planeta.
  • 1 mil millones de personas sufren de desnutrición.
  • 1.7 mil millones de personas sufren obesidad.
  • El 40% de la producción alimentaria acaba en la basura.

Todo ello implica que tenemos un sistema de producción de alimentos altamente ineficiente, que genera excedentes que acaban en la basura, que consume más energía que la que proporcionan los propios alimentos que se producen, y en dónde siguen existiendo grandes desigualdades en la distribución y acceso a los alimentos.

¿Podemos hacer algo? Claro que sí. Como decía Carlo, somos corresponsables de lo que ocurre, y está en nuestra mano cambiarlo. Slow Food nace con esa filosofía y hoy son más de 100,000 personas las que se han unido a este movimiento en todo el mundo. Para más información, vísita la página del proyecto.

martes, 14 de diciembre de 2010

La persistencia de la lactasa en Europa

La mayoría de las personas adultas en el mundo no producen la enzima lactasa y por tanto no son capaces de digerir la lactosa que se encuentra en la leche. Esta enzima está presente en los recién nacidos, pero desaparece a la edad del destete, entre los dos y los tres años, edad en la que ya no se hace necesario digerir la lactosa que se encuentra presente en la leche materna. En Europa, así como en algunas poblaciones pastorales de África, Oriente Medio y el sur de Asia, se da la condición de que muchos adultos siguen produciendo lactasa. A este fenómeno se le conoce como "persistencia de la lactasa". En Europa esta condición se produce entre el 15% y el 54% de la población de los países del sur y este de Europa, entre el 62% y el 86% de la población de Europa central y occidental y entre el 89% y el 96% de la población de las Islas Británicas y Escandinavia. La persistencia de la lactasa está asociada con una mutación en el gen MCM6 a la que se la denomina -13,910*T. Curiosamente, la persistencia de la lactasa que manifiestan las poblaciones pastorales de África, Oriente Medio y el sur Asia no está asociada a este gen, sino a otros, lo que apunta claramente a un fenómeno de convergencia evolutiva.

Este estudio investiga mediante técnicas genéticas, datos arqueológicos y sofisticadas técnicas de análisis estadístico el origen de la persistencia de la lactasa en Europa. Los resultados muestran que la aparición de la mutación -13,910*T apareció hace aproximadamente unos 7500 años y se extendió como consecuencia de procesos de selección natural. Dado que el consumo de leche fresca no fue posible sin la domesticación de los animales, es muy probable que la persistencia de la lactasa coevolucionara con la práctica cultural del ordeño. Aunque el epicentro geográfico de la mutación se encuentra actualmente en el norte de Europa, los resultados del estudio parecen indicar que se originó en la región de los Balcanes y Europa central y que posteriormente se extendió hacia el norte de Europa.

Referencia

ResearchBlogging.orgItan Y, Powell A, Beaumont MA, Burger J, & Thomas MG (2009). The origins of lactase persistence in Europe. PLoS computational biology, 5 (8) PMID: 19714206

martes, 19 de octubre de 2010

¿Afecta lo que comes al medio ambiente?

Más allá del tópico "¿eres lo que comes?" nuestra dieta puede influir no sólo a nuestra salud, sino también al medio ambiente. Varios estudios científicos dan evidencias de ello.

El estudio de Luigi Baroni (Baroni et al. 2007) realizado con base en distintos tipos de dietas y sistemas de producción en Italia demuestra que las dietas omnívoras tienen un impacto mucho mayor que las dietas vegetarianas o veganas. La razón de ello radica en el hecho de que es mucho más costoso (energética y ambientalmente) producir una caloría de carne (que requiere 40 calorías de combustible) que una caloría de vegetal (que requiere en promedio 2.2 calorías de combustible). La producción de carne (y en menor medida también la producción de otros productos derivados como la leche o el queso) es, por tanto, muy ineficiente y consume una gran cantidad de recursos naturales, entre ellos combustibles fósiles. En Europa, por ejemplo, producimos proteínas vegetales suficientes para alimentar a toda la población europea, pero no tenemos proteínas vegetales suficientes para alimentar a todo el ganado, por lo que cerca del 80% de los productos vegetales utilizados en alimentación animal se importan de otros países. En estos países la producción intensiva de cultivos (como la soja en Brasil y Argentina) ha reemplazado a muchos sistemas extensivos de policultivos o, lo que es mucho más alarmante, bosques nativos como la selva Amazónica, cuya destrucción es causada en gran medida por la producción de grano y forraje para la alimentación del ganado de Estados Unidos y Europa.

Uno de los mayores impactos en lo que a consumo de recursos naturales se refiere es el consumo de agua. Las actividades agropecuarias son responsables del 70% del consumo de agua dulce en todo el planeta, mientras que sólo el 22% se utiliza en la industria y el 8% se destina a uso doméstico. La mayor parte del agua utilizada en estas actividades se destina a la producción (a veces intensificada mediante la implementación de sistemas de regadío) de cereales o plantas oleaginosas (soja, girasol, algodón, lino, etc.), de las cuales cerca del 50% son destinadas al consumo de ganado. Una gran cantidad de agua es también consumida directamente por el ganado y, una parte nada despreciable se dedica al mantenimiento (limpieza) de establos, centrales lecheras, mataderos, etc. ¿Y qué hacemos con los excedentes que, en forma de excretas, se derivan de los sistemas intensivos de producción de carne? En un sistema de producción extensivo, estas excretas suponen un fertilizante natural muy potente, pero cuando el ganado está estabulado, los residuos generalmente crean un problema ambiental importante, pudiendo llegar a contaminar el agua de los ríos e incluso de los acuíferos.

Otro estudio más actual (Deckers 2010) apunta a que el principal impacto derivado de los sistemas actuales de producción de carne sería la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera, lo que contribuiría en cerca de un 50% al calentamiento global. De seguir creciendo la población mundial y el consumo de carne, para el 2050 la contribución de la ganadería a las emisiones de gases de efecto invernadero sería de entre el 66.9% y el 83.7% según distintos escenarios. Y esto asumiendo de forma optimista que la producción de carne generaría un 20% menos de emisiones como consecuencia del aumento en eficiencia de los sistemas de producción. En otro artículo publicado en la prestigiosa revista The Lancet, Anthony J. McMichael y colaboradores (2007) proponen que para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de aquí al año 2050 se debería reducir el consumo promedio de carne per cápita de 100 gr a 90 gr diarios. Parece una reducción muy pequeña, pero hay que considerar que en la mayoría de los países industrializados, el consumo promedio de carne por día es muy superior a esta cifra (en el caso de Estados Unidos por ejemplo, el consumo promedio por día es de 218 gr).

Otros argumentos a favor de disminuir el consumo de carne tienen que ver con la salud, incluyendo aquí el uso de sustancias nocivas como antibióticos y hormonas que se le suministra al ganado estabulado en sistemas industrializados de producción (Sapkota et al. 2007). Algunas personas también utilizan argumentos éticos en relación al sufrimiento de animales bajo los sistemas de producción intensivos. A estos y otros respectos, el libro recientemente publicado de Joyce D'Silva y John Webster (2010) se convierte una referencia imprescindible.

Resumiendo: el principal problema no es consumir carne, sino que los sistemas de producción de carne son más inefectivos que los de producción vegetal. Si a esto sumamos que la población mundial sigue creciendo y que el consumo de carne per cápita también crece (se ha multiplicado por cuatro en el último medio siglo), el problema se hace más que patente. Nos movemos (en realidad ya estamos) hacia un modelo insostenible de producción, por lo que hace falta promover un cambio y generar nuevas alternativas. ¿El cambio? Disminuir nuestro consumo de carne a nivel individual ¿Las alternativas? Sistemas de producción orgánicos que tengan un menor impacto ambiental.

Referencias

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Revistas relacionadas con Producción de Materias Primas

Este año he empezado a impartir una asignatura nueva en el nuevo grado de Ciencia y Tecnología de los Alimentos titulada Producción de Materias Primas. Como este es un tema relativamente nuevo para mi, estoy investigando qué revistas científicas publican cosas interesantes en el área de agricultura y alimentación. He aquí un primer listado (se agradecerán nuevas aportaciones) de revistas que pueden ser de interés en la materia:
También es muy interesante el Food Reviews, publicado por el Economic Research Service del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos.

martes, 3 de agosto de 2010

¿Es la leche sana y saludable?

En la literatura científica existe, desde hace años, un debate intenso sobre el papel de la leche como fuente principal de calcio en la dieta occidental. Muchos estudios cuestionan este modelo y algunos, incluso, van más allá, demostrando que el consumo de productos lácteos es desaconsejable debido a la intolerancia a la lactosa, común en muchas personas, y puede favorecer la aparición de diversas enfermedades, como la diabetes A. Este debate, por desgracia, no ha permeado al resto de la sociedad, que sigue creyendo en un modelo único que predica que la leche es buena y que, sin la leche, no tenemos suficiente cantidad de calcio en nuestra dieta, sin cuestionar ni dudar por un solo momento de su validez.

Cuando por primera vez escuché que la leche no era buena para la salud mi primera reacción fue la negación. Mi negación se amparaba en el inconsciente colectivo, como muchas otras supuestas verdades o verdades cuestionables, que forman parte de nuestra manera de ser, como individuos y como sociedad. Yo, como la mayoría de la gente de mi generación (y de generaciones anteriores y posteriores), me he criado tomando leche de vaca, y por tanto cuestionar esta verdad supone asumir un error sistemático en nuestra forma de alimentación. Asumir que nos hemos equivocado -o que podemos estar equivocándonos- es mucho más difícil todavía cuando se trata de la salud de nuestros hijos. Por eso mucha gente que da leche de vaca a sus hijos no quiere siquiera hacerse esta pregunta.

Cuando por segunda vez escuché esta misma idea, mi reacción fue negarla otra vez. Mi principal argumento para desmontar a mi interlocutor fue pedirle que me dijera si estas afirmaciones estaban basadas en trabajos científicos. Claro, con esto tenía la batalla ganada, porque la mayoría de la gente carece de esta información. En mi interior, no obstante, se había sembrado la semilla de la duda y empecé a cuestionar si realmente la creencia bien establecida de que la leche es un alimento bueno y casi necesario para un correcta alimentación tenía fundamento. Cuando nació mi hijo hace algo más de un año, leí algunos libros de pediatría (ej. Gutman 2009) que me acabaron de convencer de los efectos perniciosos de la leche. Los argumentos que se daban en estos libros en contra del consumo de productos lácteos estaban supuestamente respaldados por estudios científicos (aunque no se especificaba de manera explícita). Consecuentemente mi mujer y yo decidimos que nuestro hijo no tomaría leche de vaca de manera habitual.

Como científico (aunque de otra disciplina, la ecología) soy consciente de las limitaciones de la aplicación del método científico para extraer conclusiones unívocas en relación al objeto de estudio. A veces dos estudios científicos muestran resultados totalmente contrarios con respecto a una misma pregunta. Otras, los resultados son interpretados libremente más allá del ámbito del estudio para apoyar determinadas posturas o acciones por parte de políticos, activistas, empresarios, etc. Por ello hoy, casi cuatro años después de escuchar por vez primera que el consumo de la leche no es tan bueno como nos hacen creer, he decidido buscar las evidencias científicas que respaldan una u otra teoría.

Lo más sorprendente de mi búsqueda es que la información es muy accesible, y por eso todavía me pregunto como el debate no se ha movido al ámbito social y por qué mucha gente todavía se sorprende cuando oye esto por primera vez. Me ceñiré aquí al ámbito científico de mi búsqueda. En cuanto entras en Google académico y escribes algunas palabras clave como "Cow milk" + "diet" aparecen un gran número de referencias a artículos científicos publicados en prestigiosas revistas médicas como Pediatrics, American Journal of Public Health o The American Journal of Clinical Nutrition, que hablan de la intolerancia a la lactosa, la absorción de calcio en la leche frente al calcio absorbido en otros alimentos (de origen vegetal), la leche como causante del constipado crónico, cáncer de próstata, etc. A no ser que se tenga una suscripción a estas revistas, el acceso a estos artículos no es posible, pero sí se puede consultar el resumen del artículo, que contiene una descripción de los métodos usados y de las principales conclusiones. Aún así, el lenguaje es difícilmente accesible para quién no esté acostumbrado a la jerga científica. Mi intención aquí es hacer un resumen de los principales aspectos relacionados con el consumo de la leche aportando evidencias científicas y con referencias específicas a (algunos de) los estudios en los que se basan estas afirmaciones. Esta información, como he dicho antes, no es nueva. Se pueden encontrar revisiones del tema en castellano e inglés en numerosas páginas de internet, entre las que destacaré la de José Ramón Llorente (Presidente de la Asociación Española de Nutrición Ortomolecular) "La leche, ese producto pernicioso para los seres humanos" y la página del School of Public Health de la Universidad de Harvard "Calcium and milk: what's best for your bones and health?".

La leche y el calcio

La razón fundamental por la que los nutricionistas occidentales (no así los orientales) recomiendan tomar leche y sus derivados es porque la consideran muy nutritiva y especialmente rica en calcio, agregando que la ingesta periódica de ese mineral es imprescindible para mantener la salud, sobre todo la de los huesos. La confrontación de estudios a favor y en contra de la leche radica en la cantidad requerida de calcio y en su disponibilidad para ser absorbida por el organismo. Así, en EEUU la cantidad diaria recomendada de calcio para niños es de > 1300 mg. En España, el RD 1669/2009 indica que la cantidad diaria recomendada (CDR) de calcio debe ser de 800 mg, sin hacer distinción entre niños y adultos. No todo el calcio que ingerimos con los alimentos está disponible para el organismo. Varios autores (Heaney et al. 1988, Charles 1992, Weaver y Pawecki 1994, Weaver et al. 1999) coinciden en que la leche y, en general los productos lácteos, no sólo tienen mucho calcio, sino que además este calcio está disponible en una gran proporción (alrededor de un 30%) en comparación con otros alimentos como las espinacas, el brócoli, algunos cereales, el tofu o la leche de soja, que son ricos en calcio, pero con una baja disponibilidad para el organismo (ver revisión en Goldberg et al. 2002). Muchos estudios relacionan el consumo de leche en edades tempranas con una disminución en el riesgo de osteoporosis en la edad adulta (ver una revisión en Heaney 2000). Otros estudios, por el contrario, apuntan a que ni la leche ni la ingesta de calcio por encima de los 500 mg diarios parecen tener un efecto beneficioso sobre los huesos de los niños (ej. Feskanich et al. 1997, Lloyd et al. 2000, Kanis et al. 2005). Una revisión de 37 estudios (Lanou et al. 2005) en dónde se relacionaba el consumo de lácteos con la salud de los huesos evidenció una ausencia de relación entre la ingesta de leche y varios indicadores de la salud de los huesos en la mayoría de los casos (28), mientras que, en unos pocos casos (9), se detectó un efecto positivo (si bien muy pequeño) del consumo de leche en la salud de los huesos.

Lo que debemos de comprender es que los riesgos de fractura de huesos no están necesariamente ligados con la ingesta de calcio. Unas cantidades mínimas de calcio son requeridas, por supuesto, pero hay otros factores que pueden ser más importantes en la absorción del mismo. Uno es el ejercicio físico que, en dosis moderadas, favorece notablemente la absorción de calcio (Lloyd et al. 2000). Otro parece ser la ingesta de proteínas. Algunos estudios han relacionado las dietas altas en proteína de origen animal y el sodio (sal) con una descalcificación de los huesos (Barzel y Massey 1998, Frasseto et al. 2001). La Organización Mundial de la Salud (OMS), explica que el consumo elevado de proteínas, sobre todo de origen animal, podría contrarrestar los efectos de una alta ingesta de calcio en la dieta" y recomienda el ejercicio físico, reducir la ingesta de sales y aumentar el consumo de frutas y verduras para favorecer el fortalecimiento de los huesos (OMS/FAO 1998). Así se da la paradoja de que la mayor incidencia de osteoporosis se produce en EEUU y en países occidentales, que son los principales consumidores de leche a nivel mundial, mientras que permanece bajo en Asia y África donde el consumo de leche es realmente bajo o, en muchos casos, inexistente.

En conclusión, no está muy claro que la ingesta de leche realmente satisfaga las necesidades de calcio debido al problema de su absorción. En países con dietas muy ricas en proteínas animales y sales, como EEUU, los requerimientos de calcio serán mayores que en países con dietas más equilibradas y ricas en frutas y verduras. Si la leche no fuera asociada a determinadas enfermedades, como veremos más adelante, no habría mayor problema en cuanto a obtener la fuente de calcio de la leche o de otros alimentos, lo cual está comprobado que es posible. Sin embargo, la polémica no acaba aquí.

La intolerancia a la lactosa

Los bebés tienen una enzima, que es la lactasa, que permite metabolizar el azúcar de la leche (la lactosa). Este enzima va desapareciendo con el destete, más o menos a partir del año, aunque parece que en la raza blanca permanece por más tiempo que en la raza negra o asiática (Scrimshaw y Murray 1988). Cuando carecemos de estas enzimas, la lactosa deja de ser metabolizada en el intestino delgado y pasa al intestino grueso, dónde la lactasa es atacada por bacterias, produciendo fermentaciones (gases), cólicos, diarreas, etc.

La intolerancia a la lactosa es la norma más que la excepción (Barnard 2003). Muchos problemas de digestión o cólicos frecuentes podrían tener su origen en el consumo de lácteos. En otros casos, la respuesta no es tan inmediata ni tan visible, y las personas que tienen intolerancia a la lactosa pueden tolerar relativamente bien los productos lácteos (Goldberg et al. 2002), sin que se produzcan ninguno de estos síntomas a corto o medio plazo. Sin embargo, cabe la duda de si pueden aparecer efectos a largo plazo. Por otro lado, algunas personas sí tienen lactasa y son por tanto capaces de digerir este carbohidrato, por lo que para ellos el consumo de leche no sería ningún problema. Esto es más frecuente en las poblaciones del norte de Europa, mientras que en los países mediterráneos se estima que cerca del 90% de la población tiene intolerancia a la lactosa.

Mucosidades y alergias

Además de la lactosa, que es algo que la leche de vaca comparte con la leche humana, la leche de vaca tiene un 300% más de caseína que la leche humana. La caseína es una proteína muy densa que obstruye el sistema respiratorio. La reacción más común de nuestro sistema inmunológico frente a la absorción de proteínas extrañas es la secreción de moco en la nariz y la faringe. La acumulación constante de mocos puede agravar un resfriado común, derivando en rinitis, sinusitis, bronquitis, otitis, neumonía e infecciones de oídos. Diversos estudios han demostrado la relación entre el consumo de leche y el constipado crónico (Iacono et al. 1995) el reflujo gastro-intestinal (Salvatore y Vandenplas 2010), diversos tipos de alergia y otitis (Juntti et al. 1999, Rona et al. 2007).

Otras consideraciones

El segundo informe de expertos del World Cancer Research Fund y el American Institute for Cancer Research (WCRF/AICR 2007) sugiere que hay un mayor riesgo de sufrir cáncer de próstata en dietas con un alto contenido en calcio (como la leche, aunque no se refieren específicamente a ésta). También se ha establecido una relación entre el consumo de lácteos y la diabetes de tipo A (ej. Scott 1995, Virtanen et al. 2000), aunque algunos autores como Goldberg et al. (2002) advierten de posibles sesgos en estos estudios. Además de estos problemas, muchos vegetarianos y omnívoros están limitando su consumo de leche como consecuencia del aumento de sustancias tóxicas en la leche, como hormonas, antibióticos y pesticidas o, en un plano más ideológico, porque la producción de leche promueve una degradación ambiental (Steinfeld et al. 2006).

Algunos autores pueden llegar a ser muy alarmistas y relacionan el consumo de leche casi con cualquier enfermedad, como por ejemplo el autismo, pero la evidencia científica que respalda estos argumentos es, en la mayoría de los casos, poco sólida o inexistente.

Conclusiones

De toda esta polémica científica se pueden extraer algunas conclusiones:

  1. La leche no es imprescindible para la ingesta diaria de calcio. En muchas sociedades no se consume leche y no tienen ningún problema en alcanzar las cantidades diarias recomendadas de calcio, alcanzando un nivel de incidencia de enfermedades relacionadas con los huesos, como la osteoporosis, mucho menor que en países dónde el consumo de lácteos es alto, como EEUU o muchos de los países europeos.
  2. La importancia del calcio radica en su absorción, no en la cantidad ingerida, viéndose favorecida esta absorción por el ejercicio físico, las dietas bajas en sal y proteínas animales y ricas en frutas y verduras.
  3. Una gran parte de la población tiene intolerancia a la lactosa, lo que puede manifestarse en dolores intestinales, gases, cólicos, etc., aunque hay gente con intolerancia a la lactosa que, aunque no es capaz de metabolizar la lactosa, no sufre ninguno de estos síntomas.
  4. El alto contenido de la leche en proteínas como la caseína, en comparación con la leche humana, puede provocar mucosidad, catarros continuos, otitis y diferentes tipos de alergia.
  5. La relación del consumo de leche con otras enfermedades como la diabetes A o el cáncer de próstata no está todavía muy clara, por lo que tenemos que ser cautos con como manejamos esta información sin caer en el alarmismo.

Como consumidores, no tenemos por qué dejar de lado el consumo de los productos lácteos. En lo que a mi respecta seguiré tomando queso y yogur, aunque posiblemente limite un poco más mi consumo a partir de ahora. El mayor problema lo veo en el grado de desinformación que tienen los supuestos expertos en salud (nutricionistas, dietistas, pediatras, etc.), que promueven alegremente el consumo de productos lácteos como parte de nuestra dieta básica. Esto es especialmente relevante en el caso de los niños, a quienes se recomienda el consumo de dos y tres vasos de leche al día, además de queso, yogurt, etc. ¿Es que estos profesionales no se actualizan, no leen, no tienen una mentalidad crítica ante los conocimientos aprendidos durante su época de formación, no se cuestionan que puedan estarse equivocando? Dar a nuestros hijos tres vasos de leche al día, solamente porque creemos que sin la leche no van a tener un crecimiento adecuado ni van a tener los huesos fuertes, es un acto sin fundamento, y en parte arriesgado, a la vista de las evidencias científicas. Debemos, eso sí, promover el consumo de otros alimentos ricos en calcio y promover una serie de pautas que favorezcan la absorción del mismo. Ahí lo dejo.

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